11
Mar
2011
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posteado por: Daniel Mansuy

“La mayoría de los traficantes son negros o árabes. Es así, es un hecho”. Esta breve frase fue pronunciada hace algunos meses en un programa de la televisión francesa. Su autor, Eric Zemmour, es un escritor y polemista que participa activamente en las discusiones públicas.
 
Lo menos que puede decirse de sus opiniones es que no suelen concordar con lo políticamente correcto, por decirlo de un modo suave. La frase encendió una rápida polémica, y recibió el repudio inmediato de muchas ONG anti-discriminación. Éstas, de hecho, no dudaron en querellarse, y Zemmour fue obligado a responder por sus dichos en tribunales. Hace algunos días, la justicia dictó sentencia: Zemmour fue declarado culpable del delito de “incitación a la discriminación racial”, aunque declarado inocente del delito de difamación.
 
El caso es interesante porque ilustra bien cierto tipo de problemas a los que se enfrentan las sociedades contemporáneas. Es obvio que los dichos de Zemmour fueron violentos y provocadores, además de ser pronunciados sin anestesia alguna. Así las cosas, la polémica que se siguió es completamente natural en una sociedad hipersensibilizada con la cuestión del racismo y que, además, no sabe muy bien cómo enfrentar a una extrema derecha que adquiere cada día más fuerza.
 
Sin embargo, es dudoso que la vía judicial sea la más adecuada para resolver este tipo de problemas, y esto por varias razones. Por un lado, los jueces se ven obligados a zanjar discusiones públicas complejas y establecer verdades judiciales en asuntos donde es muy difícil dar con una respuesta unívoca. Por otro lado, la vía jurídica termina acallando -con una condena penal- la verdadera discusión, que es lo único que debiera importar. La pregunta por la legitimidad termina eludiendo el debate de fondo. De hecho, al rechazar la acusación de difamación, el tribunal admitió la posibilidad de que la aseveración fuera verídica. La condena supone entonces que hay cosas que, aunque ciertas,  no deben ser dichas públicamente.
 
En rigor, me temo que aquí tenemos el regreso -en gloria y majestad- del delito de opinión, que es justamente el delito que los más grandes teóricos del liberalismo se esforzaron en erradicar. La libertad de expresión, decía John Stuart Mill, debe ser lo más amplia posible, porque incluso los errores contribuyen al progreso intelectual. Convertir en delito la expresión de ideas que no nos gustan o que no nos acomodan, representa una curiosa vuelta atrás en la historia de Occidente, que equivale a olvidar que las libertades de las que gozamos son fruto de un largo recorrido. Por cierto, ya no se trata de penalizar la blasfemia, ni los delitos de lesa majestad, pero poco a poco se va imponiendo una nueva verdad revelada frente a la cual deben callar los que disienten. El historiador Alain Besançon sugería hace algún tiempo que el imperio de lo políticamente correcto está en vías de transformarse en una nueva religión universal, con las limitaciones de todo orden que éstas imponen. ¿Será acaso el destino de la modernidad el de negarse a sí misma?
 
Y no se trata aquí de encontrarle más o menos razón a Zemmour, pues para el caso da igual; se trata más bien de recordar la célebre máxima de Voltaire. La defensa de la libertad de expresión sólo tiene valor cuando no nos gusta lo que escuchamos. Dicho de otro modo, hay que tener el valor de rebatir con ideas más que blandiendo el código penal. Por lo demás, la frase que dio origen a la polémica no buscaba tanto opinar sobre la realidad como constatar un hecho. El hecho es, por cierto, discutible (y, dicho sea de paso, imposible de verificar, pues en Francia están prohibidas las “estadísticas étnicas”), pero silenciar este tipo de cuestiones en sede judicial es quizás la mejor manera de convertirse en avestruces. Y los avestruces, hasta donde sé, nunca han mostrado mucho aprecio por la libertad de expresión.

 
Créditos: Foto Jason Wilson © creative commons
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Comentarios

delito de general-ización??

estimado, con frecuencia las generalizaciones, planteadas como"el promedio", tienen al menos un sesgo:olvidar la tan preciada "varianza" entre las distintas opiniones, que de otra manera quedan todas metidas en el mismo saco.

De tal manera, si es que existe acá un delito por parte de Zemmour no es el de opinión, si no que el de generalizar dando por hecho, que la mayoria de los traficantes son negros o árabes.

Peor aún si es que no tiene acceso a los "datos étnicos".

Creo en la libertad de opinión, expresión o como se llame, pero siempre que esté basada en argumentos lógicamente concatenados y coherentes entre sí, de otra manera no pasa de ser un murmullo.

Hubiese sido interesante plantear los argumentos que llevan a Zemmour a ser tan categórico.

Por último, no sé cuántas avestruces conoce usted, pero yo no me atrevería a decir que NUNCA han mostrado mucho aprecio por la libertad de expresión.

saludos

libertad de expresión

"La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír."  GEORGE ORWELL

Mirada alternativa

Estimado Daniel,

Tema apasionante y complejo. Muy interesante tu punto de vista, aunque quisiera aportarte con otro, a propósito de algo que escribí hace ya mucho tiempo.

La libertad de expresión no es sólo una prerrogativa que protege a los individuos de una sociedad, es también una forma de promoción de la democracia y la soberanía popular. Dicho de otra forma, la libertad de expresión no sólo pone los acentos en la libertad individual, sino también en los valores sociales; o, si se prefiere, también se protege una libertad de “carácter público”.

Tradicionalmente han existido dos puntos de vista en apariencia irreconciliables. Por una parte, aquellos que privilegian la libertad por sobre cualquier otro valor, negando apasionadamente que el Estado pueda cumplir cualquier función en la forma y dirección del debate público; y, por otra parte, aquellos que han puesto el acento en la igualdad, reivindicando la protección de otros valores que se encuentran (no sólo potencialmente) amenazados por ciertas manifestaciones de la libertad de expresión. Uno de esos ejemplos es el que reflejas en tu columna y que se refiere a las expresiones racistas o de odio y la difamación irreversible.

Una alternativa, sino de resolver el dilema pero al menos de ponerlo bajo una misma perspectiva, es transformar el conflicto entre libertad e igualdad, por el de libertad y libertad. Me explico: cuando se vierten, por ejemplo, expresiones negativas o de menos precio hacia un grupo determinado, el problema mayor no parece ser que esas opiniones lleguen a convencer a todos los oyentes, sino que esos prejuicios hagan imposible que los grupos desfavorecidos puedan participar del debate, o sea, que quienes supuestamente deben responder, no puedan hacerlo.

Hay dos ejemplos que creo pueden ilustrar con claridad este punto. El primero, que tiene su origen en la mayoría de las argumentaciones feministas, critica la pornografía porque reduce a las mujeres a objetos sexuales, poniéndolas en una posición de subordinación que las silencia. Es decir, la pornografía daña la credibilidad de las mujeres y las hace ver como si no tuvieran nada que decir en el debate público. El segundo, que recoge con insistencia Owen Fiss, es el que se refiere a los gastos electorales ilimitados. De no existir regulación al financiamiento y gastos electorales, no sólo coloca a los más humildes en desventaja en la arena política, sino que también puede tener el efecto de silenciar al pobre.

En estos dos casos, no es el Estado el que amenaza la libertad de expresión. Por el contrario, no sólo no la amenaza, sino que su intervención se hace necesaria para garantizarla. El fomentar un debate abierto y pluralista, asegurando que se diga todo lo que se debería decir, constituye también un fin legítimo del Estado.

Puestas así las cosas, parece muy razonable regular el ejercicio de un derecho para garantizar el ejercicio de ese mismo derecho por parte de los demás. No existe ninguna diferencia ideológica o política entre este argumento y defender, por ejemplo, el derecho del Estado a dictar leyes de tránsito, que impidan que los automovilistas más atrevidos y con autos más grandes vulneren el derecho de aquellos más prudentes o con autos menos veloces (para que decir de los peatones).

En suma, el fallo del tribunal que citas apunta justamente a esa distinción: la condena no es por difamación sino por incitar a la discriminación racial, es decir, por el intento de menospreciar (y por lo mismo, promover el silencio) a un grupo de personas por su color de piel o creencias religiosas.

Aunque esta cuestión no fue así planteada en la época de Voltaire, es probable que su defensa irrestricta de la libertad de expresión hubiera reconocido como límite la posibilidad de también garantizarla a los demás. De hecho, Mill lo dice en forma casi textual.

Un abrazo,

Pirincho

Respuesta

Muchas gracias Pirincho por el comentario, sobre todo porque aporta un
matiz necesario a mi propio texto, que quizás fuerza mucho las cosas en un solo
sentido.

Desde luego, yo no creo que la libertad de expresión pueda ser absoluta:
eso es una ilusión. Toda sociedad pone sus límites; algunas más allá, otras más
acá. Tu contrapunto efectivamente muestra cuál puede ser uno de los límites razonables
a ésa libertad: el de afectar de modo irreversible algunas categorías de la
población, que suelen ser las más desfavorecidas.

Entiendo el argumento, aunque creo que, como siempre que se trata de bienes
que no todos valoramos de la misma forma (algunos valorarán más la pura
libertad individual, otros la libertad como posibilidad de participar que
expones), la cuestión es dar con un equilibrio más o menos adecuado. El riesgo
de llevar muy lejos el principio al que aludes es el de censurar todo aquello
que pueda hacer que alguien se sienta afectado, y silenciar así debates que,
creo, son necesarios. “El que no aporta” lo dice en un post complementario: no
es difícil llegar, con esa lógica, a un debate público plagado de eufemismos,
donde nadie habla de verdad por miedo a herir alguna susceptibilidad (o de ser
condenado penalmente por ello). Así, la consecuencia de esa limitación puede
ser terminar acallando problemas o realidades que merecen ser discutidas, no
ciertamente para incitar a la discriminación, sino simplemente para poder ver
la realidad tal como es, y no tal como nos gustaría que fuera (¿quizás por ahí cabría
buscar un criterio para distinguir?). Dicho de otro modo, darle demasiada
importancia a ese argumento termina bloqueando el debate, prohibiendo incluso
el uso de algunas palabras y silenciando ciertas realidades —lo que incluso
puede terminar agravando el problema que se intenta resolver.

Termino con una pregunta: ¿crees que los argumentos del feminismo que
mencionas justifican una prohibición de la pornografía?

Un abrazo, Daniel M.

Acuerdo

Daniel,
Estamos de acuerdo creo. La posición no es absoluta ni en uno ni en otro sentido. El ejercicio incondicional de la libertad de expresión es una utopía, no sólo porque debe compatibilizarse con el ejercicio de otros derechos, sino también porque los elementos de contexto y el debate público delimitan sus fronteras.
Mi matiz tenía por objeto mostrar que no es posible, ni deseable, llevar tu argumentación al extremo; de la misma forma, y tu lo apuntas muy bien, que tampoco la mía.
Así por ejemplo, y para contestar tu pregunta, no estoy de acuerdo con prohibir la pornografía por ésta denigrar a la mujer (el remedio sería peor que la enfermedad). Sin embargo, sí estoy de acuerdo (como de hecho ocurrió cuando vivía en Madrid) con sancionar a quien públicamente afirma que las mujeres son seres humanos de segunda clase y sugiere, por lo mismo, que resultan tolerables ciertos niveles de maltrato.
Es la cara y cruz de este debate, cuya zona gris -quizás la más entretenida- es donde entra a terciar el debate público.
Un abrazo,

¿Otra vez el argumento del tránsito?

El ejercicio incondicional de la libertad de expresión es una utopía, no
sólo porque debe compatibilizarse con el ejercicio de otros derechos,
sino también porque los elementos de contexto y el debate público
delimitan sus fronteras.

Al igual que la igualdad incondicional es utópica.

La expresión de una idea conflictiva no puede ser tratada como idéntica a una incitación a la violencia. No sé si “La mayoría de los traficantes son negros o árabes. Es así, es un hecho”, pero no sería sorprendente, porque en Francia esos dos grupos tienen una alta representación en los estratos sociales más pobres. Una afirmación de ese tipo no es un automático llamado a discriminar, aunque puede ser utilizado como argumento para hacerlo.

Para movernos un poco de problemas étnicos supongamos que—por alguna razón extraña—alguien quiere escuchar mi opinión en la televisión y digo "el aborto es asesinato". O digo "impedir el aborto es condenar mujeres a morir en condiciones insalubres: es asesinato". En cualquiera de las dos declaraciones estoy argumentando que las personas del otro grupo son asesinas o, por lo menos, condonan el asesinato. ¿Debería ser condenado por incitación a la violencia?

Pareciera que la aceptación de las reglas del tránsito es tu argumento clásico para restricción de libertades (así como lo es para el voto obligatorio). En el caso de la pornografía (y la prostitución) hay un acuerdo consensual entre adultos, por lo que no veo lugar a una prohibición por parte del estado.

En el caso del individuo que afirme que las mujeres, los negros, los gordos, los que usan anteojos, o los que apoyan o condenan el aborto son humanos de segunda clase creo que tiene el derecho de emitir su opinión. Puede existir una sanción social (ser aislado, ignorado, insultado) pero, nuevamente, individuos deberían tener la posibilidad de expresar sus taras si no utilizan violencia para transgredir la libertad ajena. La restricción de opiniones impopulares no resulta en un incremento neto de diversidad de opiniones. De hecho, hay muchas opiniones en su tiempo impopulares que ahora son consideradas aceptables: "la homosexualidad no debería ser penalizada", o qué tal "debería haber matrimonio homosexual", que puede ser considerada violenta por personas de convicciones religiosas estrictas o una señal del fin del mundo. A todo esto, ¿deberían ser los individuos del link penalizados por decir que los no creyentes en cristo nos vamos al infierno cuando el mundo se acabe el 21 de mayo del 2011?

Tampoco creo que deberían existir límites a contribuciones de campañas políticas. ¿Deberían las campañas ser limitadas en su financiamiento al monto recaudado por la campaña más pequeña (e impopular) para que todas estuvieran en igualdad de condiciones? Probablemente la respuesta sería no; cualquier otro límite sería igualmente arbitrario. Nada debería detenerme como individuo si en algun momento de estupidez quiero vender mi casa para financiar un partido político. Lo que sí sería conveniente es hacer público montos grandes para dejar en claro cualquier posible conflicto de interés.

Zentree

Estimado Zentree,

Buen punto. Con todo, no creo que todas las afirmaciones conflictivas deban ser tratadas como incitación a la violencia. Sin ir más lejos, en esto sigo la máxima de los derechos “en sentido fuerte” de Dworkin, a saber, que sólo estamos en presencia de un derecho cuando podemos hacerlo valer incluso contra la opinión dominante (sea de la sociedad o del Estado). De igual manera, y como lo contesté antes, tampoco estoy por prohibir la prostitución, la pornografía o cualquier otra conducta consentida entre adultos.

Despejado eso y concordando que las opiniones impopulares son una aporte al debate público, mi observación apunta, y quizás esa es la diferencia, a que cuando uno señala que “las mujeres, los negros, los gordos, los que usan anteojos.... son humanos de segunda clase” creo si está ejerciendo evidente violencia en la forma de emitir sus opiniones (no en la calificación sino en la consecuencia).

Ahora bien, el tema es si la violencia es de una envergadura tal que amerita una sanción o, como tu señalas, sean sólo dignos de la ignorancia, el aislamiento o el insulto. Y quizás dependerá del especial contexto donde esas opiniones se emiten. Hay basta jurisprudencia en los EE.UU. sobre las expresiones que promueven el odio racial o lo que sucede en Alemania en relación a la exaltación de la raza y el nacionalsocialismo.

Me refiero específicamente a una particular conjunto de opiniones que trasgrede lo que unos llaman la regla constitucional y otros, derechamente, nuestros “acuerdos civilizatorios”. Por de pronto, las convicciones religiosas de ciertos grupos no son, y creo no deberían ser, protegidas por esta regla. En cambio, me parece a mi, hay otras -como la que hace referencia el artículo de Daniel- que creo sí cae en esa categoría.

Por último, las reglas del tránsito es una metáfora que no tiene por objeto restringir las libertades sino promover su colectivo ejercicio. Me imagino estaremos de acuerdo que el vivir en sociedad significa sacrificar una cuota de nuestras prerrogativas con el objeto de que otros también puedan ejercer las suyas (esa es la base del contrato social). Quizás te parece que la metáfora está mal utilizada en este caso o en el del voto obligatorio (cuestión que podremos debatir, de hecho es un tema conflictivo), pero sospecho que -en términos abstractos- ni tu ni nadie defendería la “libertad” que tenemos para soslayar una luz roja, manejar por la izquierda o estacionar el auto en la mitad de una avenida.

Un abrazo,

El acuerdo en las reglas de

El acuerdo en las reglas de tránsito resulta en un incremento de libertad para todas las partes, mientras que todos los otros ejemplos no.

El utilizar el derecho en sentido fuerte implica que no habría derecho a la libertad personal en tiemos de esclavitud o de voto femenino si vamos al siglo XIX, etc. En ninguno de esos casos los individuos podrían haber ido contra la opinión dominante.

Ciertamente hay jurisprudencia en Alemania, pero resonden a circunstancias históricas extremadamente estrechas. Es cosa de cruzar la frontera y uno puede comprar souvenir nazis. Como en muchas otras conductas "indeseables" me parece mucho mejor que esten en lo abierto—y por lo tanto uno pueda mantenerlo en observación—a que se practiquen en la clandestinidad.

Muchos saludos y andamos con un corte de pelo parecido. El mio es número 3.

En ambos casos

He ahí quizás nuesra diferencia, aunque creo estamos aburriendo "al respetable". Si hemos de creer, como al menos es mi caso, que las expresiones denigratorias (de condición o clase) silencian a la minorías, el limitarlas sí trasunta un incremento de la libertad para todas las partes.

Puse el ejemplo de Alemania y EE.UU. pero por cierto hay otros. Las "circunstancias históricas" son inelubibles. Esa es parte de mi argumentación. A veces más estrechas y otras más laxas, las que por cierto nos llevan al contexto del siglo XXI, algo más esperanzador y libertario -quiero creer- que las del siglo XIX.

No hay ni habrá una regla absoluta, por lo que bienvenido el debate.

Un abrazo y cámbiate al 1...dura más y resulta menos oneroso)

¡Ah! Tú pagas por esos cortes de pelo

¡Ah! Tú pagas por esos cortes de pelo. Yo los hago en la casa con una máquina que compré por 20 dólares; tiene un sentido simbólico de autosuficiencia combinado con masoquismo.

Touché

Touché...

Alo?

"El acuerdo en las reglas de tránsito resulta en un incremento de
libertad para todas las partes, mientras que todos los otros ejemplos
no."

Alo?