Valparaíso, Errázuriz. Bar La piedra feliz. Casona antigua de un puerto aristocrático que ya pasó.
Lanzamiento de "Canciones punk para señoritas autodestructivas", de Daniel Hidalgo, Das Kapital Ediciones (un abrazo al comandante Camilo Brodsky).
El punk no es glamoroso, el libro es un dossier del espanto, una crónica dispersa de una verdad terrible: en Valparaíso se puede escuchar The Clah, Sex Pistols o Joy Division igual que en Picadilly Circus. Pero en Londres cuando la fiesta termina la National Gallery aún está ahí, la Tate y Hyde Park siguen estando ahí; toda la belleza del mundo sigue estando ahí. Acá en Playa Ancha o el cerro Bellavista, te despiertas sobre un cadáver que se desmorona hediondo a meado sobre lomas cubiertas de basura.
El libro de Daniel Hidalgo es sobre el día después del terremoto, del tsunami, de la bomba atómica, sobre los escombros, sobre lo que hay que recuperar después del derrumbe para seguir sobreviviendo. Una foto del desastre. La resaca eterna sin ninguna fiesta previa que celebrar. Un lugar donde no hay belleza salvo un desierto de agua junto a un basurero donde vive gente mirando si llegan los barcos con algo, turistas quizá. El turismo paraliza las ciudades, las convierte en conscientes de sus luces y esquizofrenias. Ya no quiere curarse, ya no quiere mejorar, quiere seguir siendo un John Merrick querido por su deformidad, por su miseria y busca mantenerla tal cual.
En estos territorios en el fin del mundo somos todos hombres elefantes, mestizos bastardos mutantes genéticamente modificados, con cuatro brazos, tres ojos, verdes, moteados, feos, experimentos abandonados en el desierto, arrumbados, apretujándonos, compartiendo nuestras suciedades y nuestros olores envueltos en telas sucias y chaquetas sintéticas pintadas con spray, chapas y tachas, cabello cortados con tijera vieja y gillete oxidada, pelos teñidos con jugos Yupi. Más reales que la realidad, una copia tan penca, tan patética que se vuelve más real que la realidad.
Y ahí estábamos lanzando el tremendo libro de Hidalgo. Apretujados en una casa de piso de nogal, de escala de mármol Carrara y pasamanos de bronce repujado traído en barco desde España. Belleza pintada encima a brocha con rojo Ceresita porque el lumpen no tiene buen gusto. Una foto de Fidel Castro puesta por allá arriba. Plaga fea invadiendo la mansión señorial. Los invasores de Donoso. La casa tomada finalmente por hijos de obreros, nietos de mapuche, bisnietos de mineros explotados y hermanos de funcionarios públicos, tomando cervezas y escuchando al grupo de música electrónica-cumbia, con bases mp3 saliendo desde un computador chino mientras cantan morenitos sudacas intentando sonar a algo que es pura mezcla de ácido, barro, caca, restos de verduras de la feria de Av. Argentina y cumbia colombiana, pero tocada por lumpen argentino copiada por chilenos de un cuarto de pelo como yo, como tú, como todos mis amigos que nunca fueron esos a colegios que reemplazan un buen currículum.
Ahí estaba Chile, la copia de la copia de la copia feliz del Edén. Mal escuchada, mal traducida y mal interpretada en el reflejo, del reflejo, del reflejo de un espejo. Pura libido, pura pataleta en la oscuridad no cachando pa’donde, pero pataleando con un pool genético que hierve de energía primordial. Desde ahí va a nacer algo, no desde esa moral que nos define lo bueno como lo más parecido a lo hecho en Berlín, que el más creativo es el primero en traer la última tendencia, que el verdadero artista es el que mejor encaja con lo que se lleva afuera.
"La vida es un candado con la llave perdida", dice Daniel.
“Canciones punk para señoritas autodestructivas” es un libro áspero e imperfecto, a veces escrito con la torpeza diestra de un tipo que sabe lo que hace. Es sobre la resaca y la asfixia. No es preciosista, no es sofisticado y por dios que se agradece. En sus páginas hay más cojones, libido, testosterona, furia y violencia contenida que en muchas bombas anarquistas que estallan en las espaldas de huevones que con cueva habían leído a Bakunin (como si importara mucho leer a uno de esos espectros). Sería lugar común decir que en los páramos del libro se juntan Manuel Rojas, Tarantino y The Clash a agarrarse a combos. Fácil decir que no es un libro sino un disco de punk. "Canciones…" es más real que la realidad. ¿Qué hacía un escritor de sci-fi lanzando un libro así, entonces? Ese es justo el punto, lo que nos une con Bisama, Wilson o pendejos 15 años menor como Hidalgo es la certeza que la realidad es horrible, que una vez despejado el punto ciego en el que mantenemos foco para no volvernos locos , la realidad se nos aparece monstruosa. La HIPERREALIDAD es la constatación del hecho que vivimos entre los dientes de un monstruo desaforado, que dormimos con la muerte todos los días, que la disolución y el abismo del tiempo son inconmensurables, que no podemos sostener esas ideas todo el tiempo o perderíamos la razón. Cuando escribo, escribo desde el asombro y la sorpresa que me ataca cuando esa realidad se me viene encima amenazando devorarme. Hidalgo escribe tranquilamente como un nativo de esa realidad, que comenta casi aburrido el tormento y la negrura diaria de un país invisible, habituado, mirándonos despectivamente. "Ustedes no saben nada". Nosotros hacemos turismo miseria al leer este libro, da vergüenza. Desde ese punto de vista, Hidalgo nos vuela la raja a todos.
Gracias a dios no escuché loas al puerto y su identidad ese viernes 25 de marzo de 2011. Yo soy porteño, así que no me vengan con huevadas. Lo más parecido al infierno era Valparaíso en los '80 donde lo más interesante eran las protestas donde moría gente y tus amigos terminaban presos de la Dicomcar o en los baños de sus casas intentando sacarse los balines de las pantorrillas. Donde recordábamos nuestros recitales punk por el tipo de desastre asociado, el de Villa Alemana donde se mató tal tipo, ese en Playa Ancha donde otro quedó cuadrapléjico, o ese en Lo Placeres donde entraron skinheads con clavos en los bototos y le rajaron el muslo a la flaca Pamela. Donde leíamos a Rimbaud o a Artaud en fotocopias y jugábamos Galaga o Moon Cresta un par de horas como el gran evento de la semana. Gracias porque no escuchamos a ningún poeta porteño, gracias porque no escuchamos ninguna elegía al puerto o a la belleza romántica me cago en tu puta madre de las escalas y los gatos en las ventanas como ojos que miran hacia la inmensidad, porque Valparaíso es la madre que te golpea, es post apocalíptico en mala.
“Canciones punk para señoritas autodestructivas” es una cachetada, es tragarse una granada de mano y disfrutarlo. Es social porno violence. El video snuff de toda una ciudad. Hay letras afiladas que te cortan las córneas en sus páginas, se los aseguro. Hay fotos de Valparaíso que te estallan en la cara cuando das vuelta la página.
En fin, un lujo haber ido a visitar a Valparaíso, un honor lanzar el libro de Daniel. Miré al puerto desde Agua Santa y ahora regreso a Santiago. Los pueblos son como las madres, hay que abandonarlas o te comen. Hay que irse a morir a otro lado.





Comentarios
Relacionó esa imagen porteña
Relacionó esa imagen porteña , que es la que es -si se puede hablar del es- con la estatua instalada en la plaza Echaurren del negro farías: una huea muy destartalada, para no decir más.
Buen escrito Baradit.
Nunca falta el comentario intelectualoide, nunca falta el Ricado Martinez.
chucha que me gusta cuando
chucha que me gusta cuando baradit escribe más conectado con las vísceras que con la memoria formal. por su culpa haré todo lo posible por comprar el libro.
Loas al puerto
Hola Jorge:
Entiendo el punto de tu texto y concuerdo mucho con él. Pero, me pasa algo. Henry Rollins dice en alguna entrevista: "En cada generación hay un muchacho que se levanta, apunta con el dedo y grita 'Fuck You'. Luego, el mainstream panfletea: 'La voz de una generación'. Y todo se va al carajo". Bisama, Hidalgo y Tú, los tres quintaregioninos, hablan y hablan en contra del Valpo de postal, el Valpo de la Sebastiana, el Valpo de los poetas del Taller Neruda. Álvaro hace una relectura del Puerto como Gomi, Hidalgo recoge un hiperrealismo doloroso, punk y sangrante, tú ficcionas Chil3. En los tres hay una intención de desmarcarse de la tradición (de la tradición de la SECh, obviamente). Pero, ¿no pasó esto ya antes? Leo tu texto rechazando la postal, y se me viene a la memoria una frase de Osvaldo Rodríguez: "Pero este puerto amarra como el hambre". Se me viene a la memoria la desolación de las escenas de "Valparaíso Mi Amor" en la cárcel y en el cementerio. ¿No es eso, acaso, lo mismo que perciben y señalan ustedes? ¿No será ya tiempo de reconocer que antes ya se repitió su consigna? ¿Que incluso en alguien tan de la "vieja guardia" como el mismo Gitano (quizá el mejor ejemplar de las "loas al puerto"), tan de la "vieja guardia" como Aldo Francia, ya estaba el reconocimiento de que Valparaíso y Chile son mestizos, híbridos, tapizados con caca de perro?
Eso, un abrazo,
Ricardo Martínez
Pero este puerto amarra como el hambre
Hola Ricardo! Lo primero es
Hola Ricardo!
Lo primero es que no se pretende levantr esa imagen valparaíso-gomi como algo novedoso o revolucionario. Es lo que te toca vivir, el loop de la miseria y el turno para gritar lo mismo.
Lo segundo es que si hay algo de rebeldía también, pero nada más tradicional que la rebeldía y sus temas así que estamos de acuerdo en todo lo que dices.
:)
Un abrazo!