“Ya, hagamos teatro político o teatro de trinchera para que las personas se levanten con nosotros y salgan a protestar. O usemos los espacios públicos y hagamos teatro callejero. También podemos hacer teatro comunitario, teatro para que la gente lo pase bien, sí, algo festivo y musical. No, mejor hagamos teatro circo, teatro clown, o teatro infantil, ayudemos a los niños a explorar su imaginación o enseñémosles algo. Hagamos teatro para reflexionar sobre las formas, para analizar el teatro dentro del teatro o para teorizar acerca de la representación. Hagamos teatro comercial, teatro liviano, teatro joven, teatro realista, teatro de la palabra, teatro contando cuentos. Hagamos teatro de juguete o teatro documental, mezclemos el cine con el teatro o la animación con el teatro y hagamos magia… qué hermoso. Tomemos una noticia y pongámosla en escena. No, mejor hagamos teatro experimental, performático, teatro físico, teatro danza, teatro aéreo. Hagamos una investigación sobre un autor específico. O pucha, sabís que me encontré con este texto y no sé por qué lo encuentro bueno y me imagino que deberíamos hacerlo y ahí en el camino podemos descubrir por qué nos resuena. Algo debe tener escondido que nos interpreta. Sí, y si eso nos pasa a nosotros, también le puede pasar a los otros, o sea al público. Sí, demás que le encontramos la contingencia porque sí o sí, lo que hagamos tiene que ser contingente. Tenemos que hacer algo importante. No, tenemos que hacer algo que a nosotros nos importe. También podemos hacer teatro de supervivencia”.
Preguntarse y cuestionarse constantemente el qué hacer es un ejercicio inherente al oficio teatral. Hay infinitas formas, estilos, tendencias y nomenclaturas para hacer teatro, pero sin duda el motor de cualquier proyecto es lo que éste quiere decir. Descubrir qué es lo que urge tratar, opinar, defender, denunciar, reflexionar, criticar o exponer, es la base de todo. Qué se debe hacer, qué es lo que hace falta, en qué puedo contribuir con lo que hago y por supuesto, qué es lo que tengo ganas de contar.
La angustia fundamental de emprender una nueva aventura teatral radica en la sensación de que todo ya está dicho. Y probablemente, lo que hacemos es una reiteración de los grandes temas de la humanidad que, puestos en crisis, mirados con microcopio, diseccionados, negados o metamorfoseados, pueden convertirse en nuevos temas.
La necesidad de originalidad del discurso también se hace presente en la búsqueda del qué hacer y el ejercicio propiamente tal, la dinámica de funcionamiento, la conformación de los equipos y los presentes e historias de cada una de las personas con quien se quiere trabajar, igualmente determinan el qué y el cómo hacer.
Por otra parte, el sólo hacer ya es un gesto necesario, cosa que no se relaciona particularmente con el hacer por hacer. Aunque a veces la urgencia de hacer y el hacer sin un fin concreto puede ser también el camino para encontrar el marco del qué hacer. Es decir, cuando a veces la forma permite develar los contenidos.
Ahora bien, en el proceso de definición del tema de un proyecto, también puede estar presente la interrogante de qué es lo que el público quiere encontrar cuando va al teatro. Si incluimos el factor del público, me pregunto si es que pensamos realmente en él cuando elegimos de qué hablar. El qué hacer también puede estar definido por lo que uno siente que las personas necesitan ver o lo que se supone nos permitiría crecer o lo que podemos hacer para contribuir al desarrollo de la cultura del país.
Y ahí es cuando aparece un gran conflicto, porque no existe una forma concreta de prever lo que realmente es fundamental decir o hacer.
Todo responde a intuiciones finalmente y a la noción superlativa de que necesitamos más. Más acceso a la cultura, más obras de teatro, más talleres, más proyectos, más diversidad.
Qué hacer, ese es realmente el punto. Al parecer la única solución a esa pregunta es la prueba y el coraje de enfrentar el qué hacer sin tener necesariamente certezas. El tejido del presente y futuro cercano de la escena nacional nos describe un sin fin de intenciones, aciertos y búsquedas a nivel de contenido, de lenguaje y de desarrollo estético. Pero la verdad es que finalmente cuando descubrimos qué hacer y estrenamos una obra, que puede ser muy contingente y esencial, es muy probable que en el minuto en que se escucha el primer aplauso el día de su estreno, ya estemos pensando en un próximo proyecto.
Y es así como si se afina el oído, podemos escuchar o escucharnos diciendo; “Ya, ahora voy a hablar del estado de las cosas, de la justicia social, de la indiferencia. O no, mejor hablemos de la lucha armada, o de la lucha sindical, o hablemos de nuestra historia, o de lo que nos pasa cuando el cielo se pone gris, o sobre los derechos humanos, o sobre la necesidad de manifestarnos, o sobre lo que les pasó a nuestros padres. O cantemos un cuento legendario, o hablemos de la corrupción, del capitalismo, de la desarticulación de los movimientos sociales, del abuso de poder, de la construcción de la identidad, del asedio de los medios, de la seguridad, de los discursos políticos, de la marginalidad, de la pobreza, de la falta de contenidos, de la esperanza o de la desesperanza, de la contaminación, de la ecología, de la falta, de la desigualdad, de las masacres, del accionar del ejército, de la guerra. No, mejor hablemos del amor, que es finalmente desde donde se desgrana todo”.
Foto David Joyce Flickr © creative commons
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