Cuando se creía que el anuncio del rescate a la banca española y el resultado de las elecciones griegas calmarían las cosas y daría un respiro a Europa, la situación en España se ha vuelto cada día más insostenible, poniendo en serio riesgo a otros países, como Italia.
El lunes pasado nuevamente los mercados y los inversionistas han dejado en claro que no confían en las decisiones hasta hoy adoptadas. La prima de riesgo llegó a topes históricos y España está pagando intereses que superan el 7%. Se insiste que la falta de informaciones respecto de los detalles (“la letra chica”, podríamos decir) del rescate bancario y de los resultados de las auditorías privadas que se están llevando a cabo a la banca española, mantiene la volatilidad y la falta de confianza en la recuperación. El mismo Barack Obama afirmó, luego de la Cumbre del G-20, que una vez que España aclare los términos de la ayuda, los mercados se calmarán. Se le está exigiendo celeridad y claridad desde todas partes.
La crisis en Europa casi monopolizó las discusiones y decisiones de la reunión en México, sin embargo, la tarea sigue siendo enorme para este continente. Tal como lo dijo el presidente del país anfitrión de la Cumbre, Felipe Calderón, las decisiones en última instancia son de los países de la eurozona. El G-20 y el FMI ya se comprometieron a ayudar a los europeos en su titánica empresa.
Las presiones no sólo han venido desde los EE.UU. -viendo Obama comprometida incluso su reelección- sino también de los otros Estados que han ido presentando últimamente descensos en sus niveles de crecimiento: China e India, principalmente. Se sabe que la crisis del Viejo Continente, de no encontrar los cortafuegos eficientes, puede afectar de manera global y contagiar más allá de sus fronteras.
Sin embargo, los tiempos políticos no coinciden con las exigencias del mercado, más aun cuando las decisiones se deben adoptar entre 27 (UE) o 17 (Eurozona) y, además, entre países que se encuentran en relaciones asimétricas desde el punto de vista de económico. Es por esto que algunos temen que finalmente la eurozona se divida en dos bloques que vayan a distintas velocidades: los ricos y los pobres. Políticamente, esta opción no será reconocida por nadie y se luchará por mantener la integridad de la zona -tal como las declaraciones de diferentes Estados lo han señalado- pero no está claro hasta dónde se está dispuesto a llegar para salvar la situación. Evidentemente, las presiones recaen sobre Alemania (y, en menor medida, Austria, Finlandia y Países Bajos) para que relaje las condiciones de los planes de austeridad acordados y esté dispuesta a abrir la billetera con el fin de incentivar el crecimiento y la creación de empleo.
En medio de la tormenta, las declaraciones del Primer Ministro británico, David Cameron tensaron las relaciones franco-británicas y polemizaron respecto de las medidas adoptadas por el Presidente galo. Éste, en su campaña, había señalado que aumentaría el impuesto a los más ricos hasta un 75%. Así, en una reunión con empresarios, Cameron señaló que daría la bienvenida y pondría la “alfombra roja” a las empresas francesas que abandonaran el país, pudiendo así pagar los servicios y las escuelas. Obviamente, las palabras del Premier no cayeron nada bien en círculos galos. Este impasse se viene a sumar a otros de larga data en que franceses y británicos se han enfrentado. Recordemos que Charles de Gaulle rechazó en dos oportunidades el ingreso del Reino Unido en las entonces Comunidades Europeas, por estimar que era el “Caballo de Troya” de los intereses de EE.UU. Últimamente, las diferencias se han manifestado respecto de la política agrícola común, el llamado “justo retorno” de las contribuciones británicas al presupuesto comunitario, el veto francés a la guerra de Irak de 2003 y el impuesto a las transacciones financieras querido por Francia, por nombrar algunos ejemplos.
Por otra parte, el resultado de las elecciones griegas no resuelve el problema del país heleno. Paradojalmente, existe alegría por el triunfo de Nueva Democracia -que junto a Pasok y el centroizquierdista Dimar, formarán gobierno-. Digo paradojalmente, porque tanto Nueva Democracia como Pasok son los partidos que han gobernado los últimos años y son los principales responsables a nivel interno de la crisis actual. Mintieron a la Comisión Europea y a sus socios respecto de las cuentas públicas al déficit, y montaron un sistema político basado en la corrupción y el despilfarro que hoy está cobrando sus cuentas dramáticamente. Es en ellos ahora que se deposita la fe en la estabilidad política necesaria para sacar adelante el país.
Erróneamente, se ha señalado que en Grecia se votó por el euro y por Europa. Es decir, que sólo los partidos que formarán gobierno representaban el deseo de los griegos de mantenerse en el bloque. La gran mayoría de griegos no quiere abandonar la UE ni el euro como moneda. El partido de izquierda, Syriza, que obtuvo un destacable segundo lugar, también propugnaba la mantención en la eurozona y en la UE, sólo que denunciaba las condiciones del rescate adoptado y exigía una renegociación del mismo con el fin de aliviar la estrangulada economía griega. Es más, el mismo Antonis Samarás –que se opuso en su momento al plan de austeridad- junto a sus nuevos aliados, desean emprender negociaciones para modificar el plan en vigor. En mensajes confusos de parte de Alemania, no está claro si están dispuestos a relajar las medidas y dar más tiempo a Grecia para adoptar las reformas exigidas.
Como hemos comentado en varias columnas, la solución no es fácil ni de corto plazo. Una unión fiscal y bancaria como complemento de la monetaria es imprescindible. En la reunión del Consejo Europeo de la próxima semana en Bruselas debieran verse más luces para llegar a la solución pero hay que ser realistas y saber que Europa tiene sus tiempos, los que muy a menudo son más lentos de lo que la situación de emergencia exige.
|