La subida de siete puntos en la aprobación del Presidente Sebastián Piñera ¿es un fenómeno pasajero o marca el inicio de una recuperación de legitimidad? Gran parte del juicio de la historia sobre este gobierno dependerá de cómo se responda a esta pregunta. Dicho de otra manera, ¿es posible todavía que el primer gobierno de centroderecha desde el retorno de la democracia tenga un final aceptable y no sea un desastre de popularidad?
Para responderla, habrá que revisar dónde están los orígenes de este repunte. Es posible que la respuesta tenga dos grandes vertientes.
La primera, muy evidente, es que se trata de un efecto del anuncio de un bono hecho el pasado 21 de mayo, ya que donde más sube la aprobación del Presidente es en los segmentos más pobres. Pero si ésta fuera la principal razón, veríamos descender nuevamente la popularidad en los meses de invierno, a menos que el gobierno haya decidido avanzar a punta de bonos.
Una razón más estructural tiene que ver con el control y manejo de la agenda pública, es decir, de aquellos temas sobre los cuales se vuelca la mayoría de la opinión pública en un momento determinado.
Desde que el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, cambió su estrategia principalmente represiva para tratar el conflicto de Aysén y decidió recibir a sus dirigentes en La Moneda, el gobierno ha recuperado su capacidad de controlar la agenda.
En ese período, el gobierno y sus aliados políticos han lanzado una fuerte iniciativa para un nuevo sistema de financiamiento universitario y una reforma tributaria, han relanzado la idea de un puente para Chiloé, han enviado una ley para un Ingreso Ético Familiar y han abandonado en algo la soberbia comunicacional, incluyendo una inédita expresión de perdón por parte del propio Presidente en la solemnidad del 21 de mayo.
Si bien todas esas iniciativas han sido criticadas y contestadas con fuerza por la oposición, es indudable que La Moneda ha logrado recuperar el manejo de la agenda, una estrategia en la que había sido enormemente deficitario hasta ahora.
En educación, por ejemplo, que fue un cuchillo en las entrañas de la popularidad del gobierno, hemos asistido a una virtual desaparición de las grandes marchas que marcaron la agenda el año pasado. Y la única manifestación masiva de este período fue abordada con una estrategia menos agresiva por la policía. Como consecuencia, la aprobación al ministro Harald Bayer saltó 12 puntos en el mes.
El gobierno también se ha beneficiado de una buena coyuntura económica, con un desahogo en la constante alza de precios de la bencina, una tasa de desocupación históricamente baja y un entorno general de optimismo económico en un contexto de incertidumbre internacional.
Un área donde no hay control de la agenda es en la política, con varios personeros desoyendo la orden presidencial de no adelantar la campaña presidencial y con los ministros del área entre los peor evaluados.
La tesis del control de la agenda obliga al gobierno, si quiere subir su popularidad, a pensar de manera más ciudadana su relación con la política: impulsar decididamente el fin del binominal, apurar la aprobación de la ley del lobby o abrirse a reformas que mejoren la autonomía regional son algunas señales indispensables en ese sentido.
Y por cierto, ser capaz de reconocer y enmendar errores como la campaña de algunos de sus parlamentarios contra la figura mejor posicionada de todo el arco político, la ex Presidenta Bachelet, o los cometidos en el fallido proceso conocido como el caso bombas.
Un 33% de aprobación no es para descorchar champaña, pero ayuda a pasar las penas de una impopularidad estructural. Pasar de tener el apoyo de una cuarta parte de la población a tener un tercio da a Piñera un respiro político. Un buen abrigo con qué pasar el invierno. Dependerá de la voluntad y la capacidad de La Moneda que sea un signo de mejores tiempos.
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