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El desprecio

25 / May

Por Marco Silva

Marco Silva

 Durante 25 años mis compañeros de curso del colegio fueron un enigma. Desde esa noche de graduación -que ahora me resulta un recuerdo confuso y de seguro prestado- dejé de verlos. 

Durante ese tiempo la píldora de mi memoria trató de hacer parecer conmovedor el instante de la despedida, aunque a la larga me resulta como una adaptación de esas historias de Stephen King. Ese horror de verse como protagonista de nuestra propia historia en ese proceso incómodo y libertario como es dejar la menospreciada vida escolar. Me inventé múltiples posibilidades de lo que había sucedido con ellos, desde la linealidad de la ley de probabilidades, aplicada en tipos de clase media esforzada. Estudio, deuda, empleo, separación, hijos, cambio de comuna, viajes, colesterol, además de conservar el viejo gusto por el alcohol y el futbol. En la fantasía trataba de encontrarlos entre noticias de ganadores de premios millonarios acumulados, en páginas sociales de diarios, en listados de tragedias terribles, en misteriosos robos y casos inexplicables.

Es difícil determinar la razón de mi alejamiento. Era un tipo popular entre ellos, querido, considerado un buen amigo. Me sentí durante años como el tipo que salió a comprar cigarros y jamás regresó. Supongo que, en mi propia mitología, tenía sentido el exilio voluntario de ese espacio. Facebook todo lo puede y devuelve a la playa a mis compañeros y estoy listo para volver a verlos.

Me reúno con ellos como alguien que dejo de verse hace poco. Disimulo. Allí están gordos y arrugados, pelados y mal vestidos. Con hijos, ex trabajos y separaciones, todos con 25 años de carrera en el cuento. Las estadística no fallan pero las sorpresas tampoco.
Era un desconocido en el colegio y cuando lo veo su cara es la misma en el tiempo –¿tendrá cara de niño o desde niño tiene esa cara de viejo?–, me trata como un gran amigo de la infancia. Supongo que debemos ser eso, pero no sé nada de él, así que lo interrogo. Relleno un cuestionario mental con sus respuestas: Hijos de una separación, una mala separación, a los que ve poco. Padres fallecidos, hermanos mayores con diferencia de edad que lo localiza como el menor por lejos, un concho despreciable. Vive solo en la casa familiar. Me recuerda que asistí a varios cumpleaños en ese recinto, debe ser cierto y no lo pongo en duda. La verdad me podría decir cualquier cosa y tendría que inventarme ese recuerdo. El momento cúlmine de la noche es producto de su vida laboral. Es vendedor de armas y explosivos.

Recorre el país en un automóvil de la empresa. Las compañías mineras pequeñas son sus clientes frecuentes, además le vende armas a uniformados y a empresas de seguridad. Me cuenta los secretos de su negocio, las formas y controles, los riesgos, resulta que es un target permanente de posibles asaltos, por lo que porta un arma propia. Terminamos en la maleta del auto con sus muestras de productos. Por primera vez en mi vida tengo un cartucho de dinamita en mis manos. Catálogos de metralletas y pistolas. Me siento en una serie de policías encubiertos, mientras mis amigos de hace 25 años en el bar piensan que salimos a fumar. Allí estoy, conversando acerca de cómo volar dos toneladas de roca con una caja de dinamita. Eventos de venta de armas a las que este extraño viejo conocido ha asistido. Tiene una maleta metálica con insignias de diferentes ferias a las que ha asistido, dentro hay algunas réplicas de armas –no sé la diferencia con las originales– luego me dice que necesito tener una pistola, de una marca alemana, para defenderme de posibles asaltos. Dejo pasar la oportunidad a pesar de su entusiasmo sospechoso. 

Estamos a media luz en un estacionamiento nocturno y es como si me mostrara revistas pornográficas suecas, autos de colección o figuras de acción, pero claro son armas y explosivos verdaderos. Mi carencia cultural en el tema es abismante, supongo que estoy aquí por curiosidad, porque 25 años después estoy frente a un tipo que se sentaba a mi lado en clases y que ahora tiene un arsenal como para volar la cuadra, o la manzana entera. 

De la curiosidad pasé al asco, la nausea que inunda mi visión nocturna. Volvemos al evento. Entro y mis amigos me reciben entre bromas, uno se me acerca y me recuerda las brutalidades que hicimos contra este personaje. Ríe y trato de decirle que modere su desprecio. Intento no cruzar miradas para no despertar en el vendedor de armas alguna venganza del bullying, preparo la justificación de que mi manera de burlarme en ese tiempo solo respondía a un mecanismo de defensa, cuando lo imagino levantar un percutor con un chaleco lleno de explosivos y volar en pedazos, cinematográficamente. Tal vez he visto muchos episodios de series de policías y ladrones o es este el guión de la realidad que vivo y que está mejor escrito de lo que supongo. 



Foto Gideon Tsnag Flickr © creative commons

 

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